Censo 2017: Chile no recuerda

Caminaba hacia a la Escuela Antumalal, en Quinta Normal, antes que el alba tiñera el cielo de colores. Nadie caminaba por las veredas del sector. Todo estaba oscuro y silencioso. La segunda comuna con peores niveles de seguridad, según la Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Pública (Enusc), me daba miedo. Tres cuadras antes de llegar al establecimiento fui seguido por un hombre que se movía al mismo ritmo de mis pasos. Me cuestioné si era tan importante ser voluntario del Censo 2017 en aquel lugar. El ruido de mi corazón chillaba en mis oídos. Miré hacia atrás lo más rápido que pude y aquel sujeto ya no estaba, se había esfumado y me pareció totalmente prejuiciosa mi fugaz fantasía. Tememos a lo desconocido- pensé. Ese barrio no era más que otro ejemplo del delirio colectivo que causa la televisión sensacionalista.

A las 8:00 A.M. era el primero y único censista que llegó a la escuela. Luego de una hora y media, lentamente fueron apareciendo veinte voluntarios de los noventa que esperaba la organización. La indignación se apoderó de los supervisores, quienes daban vueltas en el patio, moviéndose de una sala en otra y viendo que faltaban muchas personas. –No podemos estar aquí esperándolos todo el día– escuché que le comentaba una funcionaria de la municipalidad a otra mujer mientras se fumaban un cigarro. Ya tenía todo listo para salir a terreno, había revisado mi portafolio de cartón y cada hoja de encuesta. Nos agruparon entre los pocos que estábamos y nos llevaron a las calles aledañas, donde teníamos que encuestar.

Toqué la primera puerta con temor al rechazo.

Una abuelita con una sonrisa me recibió en la entrada y me invitó a su casa. Me senté en el comedor y ella comenzó a responder. La mayoría de las murallas eran prefabricadas y a lo lejos se veía una cocina improvisada entre dos planchas de cartón. En esa vivienda vivían tres hijos suyos, que de la mejor manera que pudieron dividieron el terreno. Cada uno era un mundo aparte. Los adultos que redondeaban los cuarenta y cincuenta años -algunos de ellos jefes de hogar- sólo habían terminado el cuarto medio. Todos se despidieron amables, algunos entre bromas y abrazos.

Seguí encuestando la misma cuadra y viendo el mismo fenómeno: donde se registraba una vivienda había más de un hogar. Hermanos, primos, abuelos y un sinfín de parentescos cohabitaban en cada morada. Mucha gente dice que los inmigrantes viven hacinados o en precarias condiciones, pero pocos recuerdan que eso también les pasa a las familias chilenas -reflexioné cuando anotaba sus datos.

Mientras entrevistaba a una joven -a quien llamaré Mariana-, que sostenía a su hija en brazos, quedé sorprendido. Ella tenía 22 años, igual que yo, era madre de dos niñas pequeñas, había terminado cuarto medio y dejó de estudiar. La miré cuando estaba pasando sus datos al papel y pensé en lo privilegiado que era estar terminando mi carrera a su misma edad. Al igual que muchas personas del barrio, Mariana fue madre muy temprano y tuvo que parar todos sus planes para aportar a la casa. Los sueldos de muchos encuestados eran compartidos en familia. Sumado a los problemas de convivir con tanta gente en el mismo espacio. Los gritos en esas viviendas se oían de muchas partes.

Quinta Normal se fundó en 1915 y a pesar de contar con 101 años de existencia, tiempo suficiente para mejorar ciertas problemáticas de sus moradores, el paso del tiempo no resulta efectivo. Todavía se encuentran baches que no se reparan, como en las calles.

Me dio pudor pensar en algún momento que esto ya no pasaba. Conocer la parte de Chile no contada, pero que ahí -in situ- seguía existiendo. Persisten todavía viviendas en condiciones precarias, personas coartadas sin seguir sus sueños, pocas oportunidades. Porque cuando se habla sobre este país pareciera que esa realidad fuese sólo un recuerdo. Días antes del Censo, en la capacitación que rendí en la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM), algunos voluntarios comentaban si entrevistarían a extranjeros, quienes según ellos eran únicos con grandes problemas. Más allá de las 21 preguntas, de las 77 personas que entrevisté y de las 15 viviendas donde estuve había algo más: la historia que no se recuerda y los datos, en este caso, nos ayudarán a no olvidar el país 2017.