Un censo sin-cero

Luego de un proceso de capacitación me sentí listo para realizar el cuestionario de 21 preguntas a distintos desconocidos. El miércoles 19 de abril me desperté con un sentimiento de incertidumbre, no tenía claro el procedimiento a seguir. Me cambiaron de local censal 24 horas antes de salir a la calle como voluntario.

A las 7.45 de la mañana llegué al local censal que me asignaron, el Liceo Miguel de Cervantes y Saavedra, en Santiago Centro. No sabía qué hacer, ni dónde ir. Traté de hacerle preguntas al encargado y la única respuesta que dio fue: “Pase al final y si no quiere trabajar no lo haga.”

Nos juntaron a todos los voluntarios en el hall central del liceo. Junto a otras 10 personas, todos muy alegres, pero con cara de perdidos, nos reunieron aparte y nos presentaron a nuestro supervisor, un profesor del liceo que transpiraba la misma inseguridad que todos nosotros. Se vivía un ambiente de compañerismo.

Fuimos el primer grupo de ese local en salir a censar. Con nuestros portafolios en mano nos dirigimos a las viviendas. Freddy, mi supervisor, me acompañó hasta la primera casa donde tuve que realizar el cuestionario. Estaba nervioso, no sabía cómo iban a recibirme.

En la calle Sazié, toqué el timbre en mi primera casa.

Hola, soy del censo

Mi amor, nos vienen a censar, se escuchó mientras abrían la puerta.

Una pareja joven me recibió en pijama y me hicieron pasar.

Fue mucho menos incomodo de lo que pensé. Me respondieron con facilidad y amabilidad.

Casas a la antigua, hechas de adobe. Fachadas sobrias pero interiores profundos. Cuadras que parecían eternas, eran la tónica de mi jornada. Muchas personas de edad, emocionadas por el proceso cívico que se estaba realizando. Conversaciones sinceras y nerviosismo que iba desapareciendo con el paso de las horas. Así fue transcurriendo el día. Un edificio con siete departamentos no estaba en los planes. Por cada puerta censada recibí un amable saludo y hospitalidad. Censé 26 viviendas, muchas para ser sincero. Nunca antes había tocado tantos timbres.

Nueve extranjeros en una pequeña vivienda en la calle Abdón Cifuentes me respondieron con dudas el cuestionario; “la jefa de hogar” no sabía bien los nombres de sus compañeros. Según Estudios de Techo Chile un 30% de inmigrantes viven hacinados, escena que pude presenciar en parte de mi recorrido.

El tono del día fue la amabilidad de las personas, que sin duda hicieron que mi día, feriado para ellos y de trabajo para mí, fuera alegre y revelador. Una pareja de jóvenes encañados me recibió con cervezas, que sobraron de su carrete del día anterior, y no faltó la foto para las redes sociales, que sin pensar mucho accedí con una sonrisa. A las 5:30 de la tarde ya estaba listo para volver a mi hogar, luego de ordenar los cuestionarios y devolverlos en el liceo. Fueron 9 horas, 26 viviendas, y alrededor de 100 personas que conocí ese día. Historia que sin duda volvería a repetir; números que volvería a contar.